Editorial del Semanario El Popular N° 464: “Tormenta de dignidad”

“Lo extraño es que no sólo llueve afuera, otra lluvia enigmática y sin agua nos toma de sorpresa, y de sorpresa llueve en el corazón, llueve en el alma”, decía Mario Benedetti. Y así fue este 20 de Mayo. No se puede decir mejor. No hay otras palabras.

Por si hacía falta, por si alguien tenía dudas, la impresionante demostración de este 20 de Mayo, bajo lluvia, de decenas de miles de personas, en todo el país, con más de 30 marchas, envió un mensaje claro, contundente: No nos vamos a rendir. Nunca.

Hay múltiples enfoques posibles, tantos como participantes de las marchas, e incluso más, tantos como toda la población del Uruguay, también las y los que no fueron, pero no pudieron abstraerse del impacto de lo que ocurrió el lunes. Eso reflejan los medios de comunicación, los infinitos mensajes, fotos, videos, comentarios, en ese nuevo mundo de las redes sociales; y en las equinas, las paradas, los ómnibus, los lugares de trabajo y de estudio. Nadie pudo quedar indiferente, ni siquiera los que, presos del individualismo que nos inculcan, hacen de la indiferencia un supuesto desafío reivindicativo.

Pero lo esencial no es eso, aunque sea lo que hace más ruido. Lo esencial es el hecho en sí mismo. Vivimos el tiempo de la vorágine, la sociedad del cansancio la empiezan a definir algunos filósofos, todo es inmediatez. En esa aceleración que lo licúa todo, que lo relativiza todo, las opiniones valen igual o más que los hechos. Esa lógica dominante transforma a los seres humanos en mercancía, los reduce a consumidores, a espectadores, y en el mejor de los casos comentaristas, de lo que deciden y hacen otros.

Pero a veces esa lógica se rompe. Los hechos superan todo el andamiaje de anestesia, irrumpen con una fuerza incontrastable y trastocan todo. Las burbujas individuales o segmentadas se fisuran y la potencia de lo colectivo conmueve todo. Los seres humanos ejercemos nuestra ciudadanía, dejamos de ser espectadores, y somos, desde lo colectivo, protagonistas.

Eso ocurrió el 20 de Mayo. La unidad de miles, actuando colectivamente, se transformó en fuerza material y por ello adquirió una enorme capacidad transformadora.

La lógica de la impunidad, que es el lado oscuro del poder, que se basa en el miedo, la mentira y el ocultamiento, fue puesta en jaque por la voluntad individual de miles organizada colectivamente en unidad.

La impunidad es antidemocrática, envenena la democracia. La democracia es mucho más que un conjunto de normas, la elección periódica de autoridades, el funcionamiento libre de partidos y organizaciones sociales, la expresión libre del pensamiento, la independencia de los poderes que constituyen la institucionalidad del Estado. La democracia es un proceso permanente de construcción de libertad e igualdad y un espacio de transformación social; sin eso todo lo demás se va deteriorando y se trastoca en un cascarón vacío. Esa concepción de democracia implica el compromiso ciudadano, individual y colectivo, necesita al pueblo como protagonista.

Por eso es antidemocrática la impunidad, no solo porque cuestiona la legitimidad institucional, que lo hace, sino porque nos hace menos libres y menos iguales, porque es un instrumento de miedo, porque quiere generar pasividad y porque tiene como objetivo destruir lo colectivo.

El 20 de Mayo, las miles y miles de personas que a lo largo de 13 cuadras se cobijaron mutuamente de la lluvia, marcharon en silencio y se emocionaron, construyeron con su compromiso un gran hecho democrático. Nuestra democracia es más fuerte después de la pueblada del lunes.

Es cierto que fue una respuesta. ¿Una respuesta a qué? A muchas cosas. A los fascistas, a los que lanzaron una gigantesca operación de desestabilización y de provocación. A Gavazzo, a Silveira, a los terroristas de Estado, a los impunes, que quieren seguirlo siendo. A los generales del Ejército que en los Tribunales de Honor avalaron la tortura y la desaparición y construyeron impunidad. Al ex comandante Guido Manini Ríos, hoy candidato presidencial, que se proyectó desde la impunidad. Al actual comandante Feola, que, a pesar de expresar su compromiso con la democracia, sigue sin condenar a los criminales y al Terrorismo de Estado, se abraza a la teoría de los dos demonios y se refugia en eufemismos para negar la barbarie. Al Partido Nacional, el Partido Colorado y el Partido Independiente, que no votaron en el Senado las venias para destituir a cuatro generales que hicieron lo que hicieron en los Tribunales de Honor. A la Suprema Corte de Justicia, y los distintos eslabones del Poder Judicial, que, salvo honrosas y valientes excepciones, siguen presos de la cultura de la impunidad, permiten las chicanas de los impunes y llevan con vergonzosa lentitud las causas judiciales. Al Poder Ejecutivo, a su falta de pericia y de compromiso en el manejo del expediente y de estos temas en general. Y también a las y los que dicen que este tema no importa y con su indiferencia avalan la impunidad a los peores criminales de la historia nacional.

Por supuesto que son niveles diferentes de responsabilidad. Por supuesto que no todo es lo mismo. Lo hemos dicho y lo tenemos absolutamente claro. Pero es imperioso asumir, con la misma claridad y sin escondites, que en la marcha del 20 de Mayo se interpelaba todo eso. Todo.

Hemos conquistado avances, hay que asumirlos, nadie puede luchar bien si no asimila lo que va logrando en la lucha. Entramos a los cuarteles y encontramos a cuatro compañeros desaparecidos, Fernando Miranda, Ubagésner Chaves Sosa, Julio Castro y Ricardo Blanco. Hay terroristas de Estado, con uniforme y sin él, procesados y presos. Hemos encontrado y recuperado a niños y niñas secuestrados. Tenemos informes históricos que contribuyen a la verdad. Tenemos 60 placas de la memoria, y el Memorial del Penal de Libertad y el Memorial de los Desaparecidos. Hemos condenado el espionaje en democracia. Tenemos una fiscalía especial en delitos de lesa humanidad. Está por aprobarse una nueva ley orgánica militar que deroga un decreto de la dictadura. Dos comandantes en jefe y cuatro generales más no quedaron impunes por avalar el terrorismo de Estado.

En cada uno de esos puntos hay insuficiencias se podía, y se puede, hacer más. Pero hay que asumir los pasos dados, no para resignarnos, si no para seguir luchando.

La lucha contra la impunidad se libra en el terreno jurídico, reclamando que avancen las 300 causas, presentando testimonios, reclamando justicia; en el plano institucional, reclamando que los tres poderes del Estado asuman su responsabilidad y destierren la cultura de la impunidad; en el terreno ideológico, rechazando la tergiversación de la historia, construyendo la verdad ciudadana; en el terreno político, luchando por hacer realidad los sueños que quiso cortar a sangre y fuego el terrorismo de Estado.

Pero también se libra en el terreno de la ética. En el territorio del corazón y la cultura de nuestro pueblo. Quienes luchamos contra la impunidad hemos dicho la verdad durante 40 años y los impunes, también quienes los defendieron y defienden, mintieron siempre. Una sociedad que no se define con claridad entre la verdad y la mentira es una sociedad enferma.

Por eso es tan potente el llamado de la Asociación de Madres y Familiares de Detenidos Desaparecidos. Desde hace 24 años. Por eso fue tan fuerte este año y no hubo tormenta capaz de detenernos, ni la habrá.

Por eso miles de muchachas y muchachos marcharon empapados y con lágrimas en los ojos detrás de la dignidad infinita de las madres, las abuelas, los hijos, las hijas, que portaban otro año más esos rostros queridos.

Por eso sonó imponente el “presente” tras cada nombre. Por eso el “tiranos temblad” retumbó cual consigna en las paredes, en los edificios y se hizo casi material bajo la lluvia.

Por eso el avance más importante es el ético, se expresa en que cada vez más sectores de nuestro pueblo escuchan, cuestionan y se comprometen contra la impunidad.

Eso muestra el 20 de Mayo. Y eso es fundamental, por el pasado, por el presente y por el futuro.

Porque esta batalla es entre la verdad y la mentira, entre la valentía y la cobardía, entre la dignidad y la infamia.

Y este 20 de Mayo construimos una tormenta de dignidad. Con lluvia en el cuerpo y en el corazón. Y la dignidad de un pueblo, cuando se expresa colectivamente, es una fuerza muy poderosa.