Riqueza, capital y desigualdad en Uruguay

Destacado Riqueza, capital y desigualdad en Uruguay

Por Mauricio De Rosa *

La desigualdad y las clases sociales

La preocupación por la desigualdad no es nueva en la economía como disciplina. Está presente, de hecho, desde sus orígenes mismos. Ciertamente, Karl Marx prestó gran atención a la dinámica de generación y apropiación del valor por parte de las clases sociales, pero no fue el único. Autores muy alejados de nociones igualitaristas como el industrial inglés David Ricardo, uno de los padres de la economía moderna, se refería ya a principios del siglo XIX a la desigualdad como “el principal problema de la economía política”. Bastante antes, en el siglo XVIII, Adam Smith dedicaba buena parte de su obra a estudiar cómo se determinaba la distribución del ingreso y la riqueza entre las distintas clases sociales.

La forma en que se entendía la desigualdad se anclaba, entonces, básicamente en cómo se distribuía lo generado y acumulado por la sociedad entre las clases sociales. No parece una idea ridícula considerando el contexto: en sociedades que comenzaban a incursionar en la revolución industrial y la nueva economía capitalista (en el caso del análisis de Smith) o que se encontraban plenamente inmersas en la misma (como en Marx), donde una pequeña clase propietaria poseía prácticamente todos los medios de producción, en tanto que grandes masas homogéneas de población pauperizada no tenían más para vender que su fuerza de trabajo, entender las diferente apropiación entre lo generado por la economía entre las clases, implicaba entender prácticamente toda la dinámica de la desigualdad.

Los manuales modernos de economía(algunos de ellos al menos), desaconsejan esta idea, esencialmente por dos razones. La primera es que en las economías modernas los trabajadores ya no son una masa homogénea. Los distintos niveles de calificación, por ejemplo,  determinan diferencias dramáticas de remuneración. Un neurocirujano es tan trabajador como un peón rural, pero sus salarios son sustancialmente distintos. La segunda razón es que los trabajadores ya no tienen sólo para vender su fuerza de trabajo: pueden poseer depósitos bancarios que generan intereses, comprar bonos, poseer alguna propiedad para alquilar, o hasta comprar pequeñas partes de empresas (las famosas acciones), por lo que diferenciar entre trabajadores y capitalistas ya no es tan sencillo como lo era en el siglo XIX. Por tanto, pensar en la desigualdad en términos de clases no parecería lo más adecuado. Mucho menos pensar en la lucha de clases como categoría de análisis. Bien, hasta acá los manuales. ¿Qué nos dicen los datos sobre Uruguay?

Sobre el primer punto, ese de que los trabajadores son más distintos entre sí que antes, parece haber bastante evidencia que lo sustente. Al menos desde la mitad de la década de 1990, la forma en que evolucionaron las remuneraciones de los trabajadores calificados en relación a los no calificados, ha sido una de las principales fuerzas que explican los cambios en la distribución del ingreso. ¿Pero qué hay del acceso a los medios de producción? Ahí los números parecen indicar que la cosa es bastante más parecida a aquella economía del siglo XIX.

La riqueza y el capital

Cierto es que muchas personas que uno no podría denominar a la ligera como “capitalistas”, acceden a toda clase de activos (reales o financieros) que les otorgan un determinado flujo de ingresos, de forma que no podría decirse que solo tienen para vender su fuerza de trabajo. Pero más allá de esto, ¿cómo se distribuyen estos activos, esta riqueza? Nótese que cuando hablamos de riqueza nos referimos al patrimonio de las personas, al stock de cosas que poseen, que pueden vender en caso de necesidad, y por el que perciben un conjunto de ingresos. Los datos con los que contamos, indican que al menos un cuarto de la riqueza total se encuentra en manos del 1% más rico de la población (en las estimaciones más conservadoras). Como nos referimos al 1% de los adultos uruguayos, estamos hablando de 25.000 personas. Si consideramos al 0.1% más rico, éste acumula casi el 14% de la riqueza uruguaya. Estos números dan cuenta de una fuerte concentración de la riqueza, al menos mucho más marcada que la del ingreso.

La definición de riqueza considerada incluye riqueza inmobiliaria (casas, apartamentos, tierras), riqueza financiera (depósitos, bonos) y riqueza empresarial (participación en empresas). Las realidades son distintas en los tres frentes. La riqueza inmobiliaria es la mejor distribuida, como era esperable en la medida en que un número relativamente alto de personas accede a una vivienda por medio de préstamos hipotecarios y largos períodos de ahorro y pagos: el 1% más rico posee el 17% de la misma. ¿Y con las otras? Las estimaciones indican que casi el 80% de la riqueza financiera está en manos del 1% más rico, y el 54% en manos de 0.1%. Con la empresarial el escenario es más impactante: virtualmente la totalidad de la riqueza empresarial se encuentra en manos del 1% más rico y casi el 90% en manos del 0.1%. Esto quiere decir que 2500 personas, ese 0.1%, poseen más de la mitad de la riqueza financiera uruguaya y casi el 90% de la empresarial. Otra que capitalismo.

El énfasis en estas dos últimas formas de riqueza no es antojadizo. Como bien señalaba el recientemente fallecido Anthony Atkinson, economista inglés especializado en temas de desigualdad, la riqueza inmobiliaria no otorga poder a quien la posee una vez pasado el umbral de la puerta, al menos en comparación con las otras. La riqueza financiera y tal vez más aún la empresarial, permite a quien la posee tomar decisiones sobre el proceso productivo, brinda margen de maniobra, otorga influencia política. Es, en definitiva, una fuente de poder. Así entendido, ese 0.1% de la población uruguaya posee un enorme poder económico sobre el proceso productivo y más allá del mismo. No es necesario ser marxista, ni siquiera de izquierda, para aceptar que la riqueza es poder. Tanto es así que el mismísmo Adam Smith nos los recuerda en su obra “La riqueza de las Naciones”.

Por cierto, las nociones de riqueza y capital no son idénticas. La definición usada en esta columna es una especie de definición “contable”, es cuánto vale el stock de activos que tienen las personas. Hace relativamente poco, en una aguda crítica al libro del francés Thomas Piketty, el teórico marxista David Harvey cuestionaba esta definición alegando, acertadamente, que la riqueza es un stock, mientras que el capital es un proceso. Así, desde la perspectiva de la teoría del valor de Marx, el capital no es un stock, es un proceso por medio del cual se genera plusvalía. El valor lo genera el trabajo y el capitalista se apropia de la plusvalía porque a la mercancía trabajo se la remunera por debajo del tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción, es decir, su propio valor. En efecto, como plantea Galbraith “[para] Marx, era una categoría social, política y legal – los medios de control sobre los medios de producción por parte de la clase dominante. El capital podía ser dinero, podían ser máquinas, podía ser fijo o variable. Pero la esencia del capital no es ni física ni financiera. Es el poder que el capital daba a los capitalistas, es decir la autoridad para tomar decisiones y extraer plusvalía del trabajador.”

Una mirada al pasado y otra al futuro

Retomando la discusión del principio, aún asumiendo que riqueza y capital no son conceptos análogos, sí podemos decir que comparten una parte esencial de sus respectivas definiciones, que es el acceso al poder que ambas entrañan. Esto es particularmente cierto en el caso de la riqueza financiera y la empresarial, que son formas de riqueza que podemos asimilar a lo que entendemos por “medios de producción”. Y los mismos están, como se señaló, dramáticamente concentrados en Uruguay. Por tanto, aunque mucho ha cambiado desde el siglo XIX, parecen haber razones de sobra para seguir analizando la desigualdad desde una perspectiva de clases en el caso uruguayo.

Después de un período relativamente largo, entre la crisis de 1929 y la década de 1980, en que la participación del capital en las economías del mundo desarrollado se mantuvo en niveles relativamente bajos, se verifica un nuevo repunte. Economistas como Piketty han mostrado que tanto el peso del capital en la economía como su concentración en pocas manos está hoy al mismo nivel que hace 100 años. Este resurgimiento del capital ha traído mayor concentración de los ingresos, y todas las señales parecen indicar que el siglo XXI no depara más que un empeoramiento de esta situación.

Pero hay un elemento nuevo: a diferencia de lo que sucedía en el siglo XIX, donde la mecanización del proceso productivo destruía puestos de trabajo pero creaba a su vez muchos más, los nuevos procesos de cambio tecnológico operan en sentido inverso, destruyendo por primera vezmás puestos de los que crean. Esto ya es una realidad en las economías centrales y lo empieza a ser en las restantes. La robotización, en realidad, no es una mala noticia, bien aplicada implicaría tener que trabajar menos para conseguir el mismo producto y poder dedicar más tiempo al ocio, por ejemplo. El punto es que ese capital está fuertemente concentrado, y por tanto también los beneficios del mismo. La combinación de crecimiento del capital en relación al producto, su creciente concentración, y que destruye más puestos de trabajo que los que crea, es una mezcla altamente peligrosa. Implica, nada menos, que profundizar (aún más) la tendencia de concentración de cantidades ridículas de poder en pocas manos.

En materia de desigualdad de ingresos, el gobierno del Frente Amplio ha alcanzado logros asombrosos. En pocos años, la desigualdad cayó dramáticamente, permitiéndonos recorrer un tercio de la distancia que nos separaba de los países más igualitarios del mundo. Pero las nuevas estimaciones con las que contamos indican que en materia de distribución de la riqueza y el capital, aún queda mucho por hacer. Es necesario ensayar un conjunto de políticas agresivas que apunten a redistribuir el capital. Las tendencias señaladas relativasal mundo desarrollado, que suelen ser un buen anticipo de lo que deberíamos esperar en Uruguay, sugieren que no hay tiempo para perder.

 

* Economista.