A 201 años del nacimiento de Karl Marx

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Gonzalo Perera

Hay realidades muy acotadas, como el calendario, en que los números orientan la memoria hacia ciertos rumbos. El 5 de mayo del 1818 nació en Tréveris un hombre llamado Karl Marx. Una frase telegráfica, que  nos indica que en estas fechas tan cargadas de acontecimientos,  el 5 de mayo muchos celebraremos los 201 años del nacimiento de un ser humano muy especial.

Tan especial como para que lo números tambaleen en su capacidad descriptiva.

Es evidente que una obra que trasciende  dos siglos a su autor es excepcional. Sobre todo cuando no promueve la liturgia, sino al análisis de acuerdo a métodos y herramientas, pero invita  a dudar de todo cuanto esté sacralizado. La Historia muestra que el predicar la necesidad de revelar en cada circunstancia específica la explicación más consistente y profunda tiene mucho menos taquilla que el pensamiento mágico. Es decir, “vende” mucho más el construir de una vez y para siempre la explicación mágica para todo, lo existido y por existir. Quienes en los Estados Unidos aún cuestionan las enseñanzas de un tal Charles Darwin son un ejemplo extremo de tal capacidad de congelar la Historia en una revelación y resistir a toda formulación racional, pero hay muchos otros.

Por eso es abrumador pensar que miles de millones de seres humanos desde ese 1818 han construido, y de manera diversa,  en todos los rincones del planeta su forma de analizar el mundo a la luz de la obra de ese barbado ser humano.

Dentro de esa astronómica multitud, una proporción significativa, superior a los mil millones de personas, lograron nacer en sociedades donde los derechos humanos más básicos, alimentación, salud, vivienda, educación, han sido universales, desde la cuna. Derechos que no fueron fruto de la buena fortuna, sino de que en ciertas sociedades, bajo diversas formas y apelaciones, el legado de Marx propició luchas obreras, revoluciones políticas, construcciones sociales, que pusieron esos derechos al alcance de todos.

En la Tesis XI sobre Feuerbach, Marx decía que los filósofos ya podían dejar de interpretar la realidad y abocarse a transformarla. Pues.....¡Cuánto transformó la realidad la obra de Karl Marx !

Muy dentro del corazón  de la astronómica multitud de seres humanos transformados por la obra de Karl Marx, han sido decenas de millones las personas que en todo el mundo supieron enfrentar las más duras persecuciones, el horror, el odio descarnado. Porque sentían que con su lucha transformaban realidades concretas, ponían pan, paz, trabajo y dignidad donde había explotación ¡Cuánto transformó la realidad la obra de Karl Marx!

Centenares de miles de académicos  a lo largo del mundo, han reflexionado desde todo ángulo posible sobre la obra marxista y sus proyecciones actuales. ¡Cuánto transformó la realidad la obra de Karl Marx!

En las bibliotecas, en las calles, en las multitudes, en las cárceles, en todo rincón donde transcurre la aventura humana, ha estado presente la obra de Karl Marx.

Naturalmente, si ha sido apreciado, admirado y reconocido, también ha ganado detractores, perseguidores de su obra, concitado el interés de cazadores de brujas. Eso también lo condecora. Imposible negar que, por ejemplo, para muchos que fuimos adolescentes bajo la dictadura fascista, el primer galón que reconocíamos a Karl Marx y su obra, y que nos motivaba a buscar leerla a escondidas, era el odio y constante agravio que despertaba en los tiranos. La bajeza del que agravia puede ser una forma involuntaria y elevada de elogio.

Pero como él mismo advirtiera, una forma de anular la fuerza de su construcción, que de hecho ha ocurrido en algunos pasajes históricos, es llevar la admiración y reconocimiento a la deificación, y atrapar en el bronce un mensaje que debe reconstruirse en cada lugar y momento.

La obra de Karl Marx es un gigantesco esfuerzo por analizar la Historia, las sociedades, las leyes que las rigen, para, mediante el análisis científico, extraer conclusiones que sirvan como herramienta transformadora en manos de las clases oprimidas. Lo que más caracteriza al análisis científico es la rigurosidad de su metodología y la permanente revisión de sus conclusiones. Lo que ayer parecía indudable, hoy puede ser apenas una posibilidad y mañana revelarse como una conclusión errónea. La historia de la Ciencia rebosa de tales ejemplos.

Todos escuchamos cada tanto quienes desde posturas un tanto soberbias, nos consideran fósiles políticos por defender “ideologías perimidas” o que construyeron “sociedades que fracasaron”. 

Un primer nivel de respuesta a estas chicanas intelectuales es preguntarles a los iluminados de turno qué sociedad triunfó. Si acaso triunfó la sociedad de los Estados Unidos de América, que desborda de violencia, hambre, gente sin techo ni salud, trabajadores sin derechos, xenofobia, tiroteos masivos recurrentes, etc. O si acaso triunfó el orden capitalista internacional, condenando a la muerte por inanición o falta de agua potable a poblaciones enteras mientras 250 personas concentran la mitad de la riqueza mundial.

Un segundo nivel de respuesta implicaría entrar en mayor detalle en los aciertos y errores de diversas construcciones sociales, en un balance serio, sin facilismos ni caricaturas. Sin culpar a todo un elaborado método de una aplicación equivocada del mismo, por ejemplo, porque nada jamás estará libre del error humano.

Pero un tercer nivel de respuesta posible es invitar a no ser tan soberbio como para hacer el balance de la Historia desde el momento en que uno vive. Porque aunque no todos seamos capaces de anunciar el fin de la Historia al estilo Fukuyama, es una muy humana tentación pensar que el balance de la Historia debe hacerse en el momentito que dura la vida propia. Cuando la Historia nos precede en millones de años y ojalá, tenga millones de años para desarrollarse aún. La Historia es una obra en pleno desarrollo, nos toca ser sus actores durante un instante ¿Cómo saber qué nos deparan los próximos 200 años? ¿Se imaginaba Karl Marx que sería hoy uno de los rostros más identificados en cualquier parte del mundo? Me permito incluso dudar sobre si sería de su agrado el monumental busto que adorna su tumba en las afueras de Londres. Pero en todo caso, creo casi imposible que pudiera suponer hasta qué punto su imagen y su obra serían  universales y vigentes dos siglos después.

Ahora bien, esta invitación a la modestia y prudencia que es recordar que la Historia nos trasciende, al mismo tiempo nos instala en un enorme desafío. Más allá de su genialidad, la literatura y el pensamiento revolucionario no terminaron con Marx, como tampoco terminaron con Lenin, ni con Gramsci, ni con nadie. Tal y como la Física no terminó con Galileo, ni con Newton, ni con Einstein, ni con nadie. Con el lema de toda la Ciencia, viéndonos como enanos a los hombros de gigantes, el pensamiento, la metodología y los análisis revolucionarios debemos seguirlos creando en el presente y  futuro. Acertaremos y erraremos, pero no podemos  faltar a nuestro instante de aporte, que por pequeño que sea, al acumularse con muchos otros pequeños aportes, puede construir y transformar.

A 201 años del nacimiento de un gigante del pensamiento revolucionario el mejor homenaje es seguir construyendo pensamiento revolucionario. Y como “revolucionario” no es un adjetivo menor, esto significa pensamiento vivo, transformador de la realidad, que se enciende en las asambleas, en los centros de estudio y trabajo. Ese es quizás su mayor legado y desafío.