Editorial del Semanario El Popular N° 402: 97 años uniendo al pueblo para la revolución

Este jueves, 21 de setiembre, el Partido Comunista del Uruguay cumplió 97 años. Como hemos dicho, pero es necesario reiterar, los aniversarios son, para las personas, y mucho más para los colectivos humanos, un momento de reafirmación identitaria.  Los comunistas no somos la excepción.

Y este 97 aniversario nos encuentra como siempre: luchando. Es que la lucha, concebida como la acción colectiva que transforma la realidad, es una seña de identidad de los comunistas.

En este 97 aniversario, la marcha, las decenas de pintadas y actos en todo el país y especialmente el acto central que se realizará el 14 de octubre en la Plaza “Mártires de Chicago”, serán presididos por una consigna artiguista: “Para mí no hay nada más sagrado que la voluntad de los pueblos”.

Es que los comunistas no definimos nuestra identidad como un refugio sectario o una colección más o menos ordenada de citas ideológicas. Nuestra identidad se define en el ancho camino de la lucha de los pueblos por la libertad y la igualdad.

El PCU nace de la confluencia de varios factores. El rescate de la historia de lucha de nuestro pueblo por la independencia y la libertad, y en ella tiene un lugar destacado el legado de la revolución artiguista, traicionada por la oligarquía naciente y aún inconclusa. La presencia y la perspectiva de los trabajadores en nuestro país, de los obreros inmigrantes con sus ideas de organización y de lucha, influidos por el anarquismo y el socialismo, que fueron protagonistas centrales de todos los avances democráticos en el Uruguay. Y la lucha de los pueblos del mundo por la libertad y la igualdad; la acumulación milenaria de sueños, esperanzas, victorias, derrotas, tristezas, heroísmo, alegrías, conciencia y organización, de la humanidad en su camino por construir una sociedad más justa. Y en ese plano la Revolución de Octubre, que alumbró al primer Estado de obreros y campesinos, fue definitoria para nuestro nacimiento como Partido, y hoy, cien años después, lo sigue siendo para nuestro presente y nuestro futuro.

97 años es casi la mitad de la existencia de Uruguay como país independiente. En ese largo recorrido los comunistas hemos tenido muchos aciertos y también muchos errores. Hemos tenido victorias y avances y hemos sufrido duras derrotas. Siempre unidos a la suerte general de nuestro pueblo. Nos pueden acusar de muchas cosas, pero hay algo de lo que no pueden acusarnos: nunca dejamos de luchar. Bajo cualquier circunstancia luchamos. Y si nos golpean, y vaya si no han golpeado, siempre, individual y colectivamente, supimos encontrar la forma de levantarnos y volver a luchar.

Es que ser comunista, implica muchas cosas, definiciones ideológicas, políticas, asumir una ética revolucionaria y la conducta individual y colectiva que de ella se deriva. Pero hay una cosa que define a un militante comunista. Un comunista, en esencia, es un organizador de la lucha para transformar la realidad en un sentido revolucionario.

En estos 97 años los comunistas hemos estado en todas las luchas que ha librado nuestro pueblo, y en muchas de ellas en la primera línea, sobre todo en los momentos más difíciles de la historia nacional, como cuando la dictadura fascista, y el gran capital al que le servía, desataron sobre todo nuestro pueblo la barbarie del Terrorismo de Estado.

Esa reivindicación no parte de ninguna visión exclusivista. Sería un imperdonable pecado de sectarismo y de soberbia. No hemos luchado solos, lo hemos hecho junto con otros militantes populares, del movimiento social y de la izquierda y también con vastos sectores democráticos de nuestra sociedad.

Se pueden rescatar muchos hitos en estos 97 años. La decisión fundacional, el compromiso desde entonces con los trabajadores y los sectores populares, la solidaridad internacionalista, con España, con la lucha contra los nazis, con Cuba, con Nicaragua, con Viet Nam, el enfrentamiento a la dictadura de Terra, la lucha por los derechos democráticos, la construcción de democracia concreta, el impulso a la primera mujer senadora de América Latina, obrera, además, doña Julia Arévalo. Entra tantas y tantas luchas dignas de ser destacadas.

Y en nuestra historia hay un momento de inflexión, nuestro XVI Congreso, en el año 1955. Rodney Arismendi, definió la trascendencia de ese congreso y sus resoluciones de la siguiente manera: “Una concepción unitaria que se proponía una revisión teórica, una revisión ideológica, una revisión político-táctica, una revisión de los métodos de relación con las masas y una revisión de la teoría del Partido y de su funcionamiento interno, a fin de aplicar en profundidad el fundamento leninista del centralismo democrático. Que, en el cuadro de una sociedad como la uruguaya de entonces, privilegia el elemento democrático sin debilitar la importancia del centralismo”.

Desde allí, y con especial fuerza, las y los comunistas nos dimos a la tarea de analizar a fondo la realidad nacional y sus bases materiales, ideológicas y políticas. Diseñar una estrategia y luego una táctica para transformar esa realidad y avanzar hacia la liberación de nuestro pueblo. Porque pensamos, con Arismendi, que el planteamiento revolucionario no debe ser solo una formulación teórica, y, por lo tanto, doctrinaria o ideológica, sino un objetivo real en la vida del país a través de una política concreta.

Pusimos todo nuestro esfuerzo para construir la unidad del pueblo, social y política, y con ella los instrumentos, las herramientas, que permitieran desarrollar mejor la lucha y avanzar.

En eso seguimos hoy. Enfrentando el impacto de la crisis del capitalismo, el intento de un gigantesco ajuste global para que el costo lo paguen los pueblos y la contraofensiva del imperialismo y las clases dominantes de cada país, para hacer retroceder los procesos transformadores y alinear al mundo entero en función de las necesidades del gran capital.

¿Cómo lo hacemos? Como siempre, organizando y encabezando la lucha. Por defender lo conquistado y avanzar. Defendiendo la unidad de los trabajadores, y la de los trabajadores con las capas medias, en particular con su sector más dinámico, los estudiantes, pero también con los sectores profesionales, del arte y la cultura, y de la producción urbana y rural. Incorporando, con especial atención y dedicación, a aquellos a los que el sistema condena a la exclusión lisa y llana, a los que están más jodidos, más contra el piso, más sin salida. Defendiendo la unidad política del pueblo en el Frente Amplio.

Construyendo la unidad del bloque histórico, político y social de los cambios para disputarle la hegemonía al bloque del poder, a las clases dominantes. Conquistando espacios de poder para trasladarlos al pueblo.

También levantando perspectiva revolucionaria, colocando el problema del poder, de la lucha por la hegemonía, como un problema práctico; con nuestra propuesta que resumimos en: avanzar en democracia, construyendo una democracia avanzada, con rumbo al socialismo.

Seguimos luchando por hacer la revolución, que es una necesidad objetiva de nuestro pueblo y de todos los pueblos del mundo, pero que no se realizará sola o por sostener argumentos justos. Se necesita, además de la elaboración teórica, construir la fuerza social que la lleve adelante, que la materialice en la realidad. Construir la fuerza del pueblo capaz de hacer avanzar el proceso revolucionario es parte de la perspectiva revolucionaria.

El primer deber de un revolucionario es hacer la revolución, no hablar de ella, y el segundo, es unir al pueblo, porque la revolución es tarea de los pueblos, no de un grupo más o menos formado y organizado de iluminados, por más abnegados que sean.

En nuestro XXXI Congreso, realizado hace apenas cuatro meses, decíamos en nuestra Resolución General: “El objetivo político que nos planteamos es: Derrotar en Uruguay la ofensiva del imperialismo y de la derecha, y despejar los caminos, con lucha, para avanzar en democracia, hacia una democracia avanzada, con rumbo al socialismo. Salimos de este Congreso más fuertes y con el compromiso de abrir caminos de diálogo y encuentro con todo nuestro pueblo. Se necesita incorporar a miles a la lucha en todas las herramientas populares. A eso estaremos abocados las y los comunistas, a construir la fuerza social que haga avanzar la revolución”.

Y para eso queremos más PCU y más UJC, para aportar más y mejor a la lucha, que es de todo nuestro pueblo, para conquistar más democracia, es decir más libertad y más igualdad. Levantamos nuestra bandera roja, pero la concebimos unida por mil lazos a todas las banderas del pueblo.

Militamos todos los días para ser colectivamente expresión organizada y combativa de nuestros sueños de libertad. Para estar colectivamente a la altura de nuestro pueblo.

Queremos defender el hoy y lo queremos hacer construyendo los rasgos principales del mañana por el que combatimos. ¿Qué mañana? El de la liberación social. El que Carlos Marx definió como “la sociedad de los productores libremente asociados”; Lenin como “la sociedad de los cooperativistas cultos” y Rosa de Luxemburgo como “donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres”.

Y como la lucha es poesía y es alegría, culminamos este editorial con un poema del salvadoreño Roque Dalton, cuya muerte muestra las tragedias que también encierra nuestra historia, sus palabras son, con ironía, una gran definición de lo que somos y con lo que soñamos.

Sobre dolores de cabeza. Es bello ser comunista, aunque cause muchos dolores de cabeza. Y es que el dolor de cabeza de los comunistas se supone histórico, es decir que no cede ante las tabletas analgésicas sino sólo ante la realización del paraíso en la tierra. Así es la cosa. Bajo el capitalismo nos duele la cabeza y nos arrancan la cabeza. En la lucha por la Revolución la cabeza es una bomba de retardo. En la construcción socialista planificamos el dolor de cabeza, lo cual no lo hace escasear, sino todo lo contrario. El comunismo será, entre otras cosas, una aspirina del tamaño del sol.