Editorial del Semanario El Popular N° 393: “El golpe continúa”

Los acontecimientos producidos el martes y el miércoles en Brasil confirman, hasta los extremos más duros, lo que sosteníamos en el editorial anterior.

Hace una semana hablamos de la embestida del poder, dijimos que venían por todo y que no tenían límites. Que la contraofensiva del imperialismo y las oligarquías nacionales busca implementar un ajuste global para poner al servicio del capital todos los recursos de la humanidad y del planeta.

Suena duro, a veces no se logra dimensionar todo lo que ello implica, pero es así.

Y esas intenciones no van con la democracia, no van con la consulta popular, no van con el respeto a las leyes ni a las normas. La voracidad del capital y la ferocidad para satisfacerla arrasan con todo. No tienen límites.

Hablamos de una conjunción donde actúan los efectos de la crisis global del capitalismo, la caída de los precios de las materias primas que exportamos, la falta de avance en las transformaciones productivas y en la integración económica, la falta del desarrollo necesario en la unidad política y social del pueblo, junto con la maceración mediática, la utilización de todos los resortes del poder económico y de sectores del Poder Judicial. Dijimos que esa estrategia era explícita, mostrada ahora por el “Plan Atlanta”, pero que viene desde el documento de Santa Fe 1 en 1980.

Todo eso, que algunos leyeron con incredulidad y otros descartaron por fantasioso, se expresó en Brasil en estos días.

Y hay que hablar de los dos hechos que se sucedieron en 48 horas, porque están estrechamente unidos, son parte del mismo plan.

El martes el Senado de Brasil, ese Senado que tiene a gran parte de sus miembros denunciados por corruptos, que no cuenta con ningún respaldo popular, que fue golpista contra Dilma, ese mismo Senado, retrotrajo a Brasil un siglo para atrás.

La contrarreforma laboral votada es una aberración. No es una reforma liberal, es mucho peor. Deroga las 8 horas y permite un régimen laboral de 12 horas. Habilita que en el campo se pague con comida o en especie el trabajo. Autoriza el trabajo sin contrato. El despido sin ninguna limitación. Deja, en los hechos, fuera de la jubilación a millones.

Es un gigantesco cheque en blanco al capital. Hagan lo que quieran, cuando quieran y como quieran. Eso resolvió el Senado brasileño. No es la vuelta al liberalismo es el retroceso a la fazenda, a la semi esclavitud.

Y al otro día, el juez Moro, operador político de la oligarquía y nuevo ídolo de la derecha latinoamericana, condenó a Lula.

La condena es una infamia. Lo condena a 9 años de cárcel y 19 años de inhabilitación para ejercer cargos públicos, es decir es una suerte de cadena perpetua política.

Lo hace sin ninguna prueba. En todos estos años, y luego de citar 30 testigos lo único que Moro consiguió contra Lula es la delación de un empresario, preso y condenado, que por darla consigue una rebaja de su pena. Ni un documento, ni una cuenta bancaria, nada.

Dicen que los testigos protegidos que hablan a cambio de reducir su pena son usados en las investigaciones de redes criminales y de corrupción. Es cierto. Pero cuando son el único elemento de juicio, se transforman en un instrumento de chantaje de la fiscalía. Se tergiversa todo el proceso judicial, se pierden todas las garantías. No es un juicio, es un linchamiento político.

Solo como reflexión valga un ejemplo bien gráfico: en Uruguay por estar en la vereda de una marcha del 20 de mayo, es decir no partidaria, por verdad y justicia, la jueza Mariana Mota fue linchada por los medios y por la Suprema Corte; en Brasil el juez Moro fue a las marchas que pedían el derrocamiento de Dilma y coquetea con ser candidato de la derecha brasileña, pero sigue operando. ¿Extraño no?

Lula dijo ayer: “Es una condena a un proyecto de país, quieren borrar una manera de pensar”.

Y tiene razón. El objetivo es claro: impedir que sea candidato. Dañarlo, golpearlo, ponerlo de rodillas. Es la utilización de la Justicia como arma de disciplinamiento.

Es cierto que formalmente no le impide, hasta que haya una sentencia de segunda instancia, ser candidato. Pero no es menos cierto que lo hace con una espada de Damocles sobre su cabeza y que deja claro que no hay ninguna garantía.

Estos movimientos de la oligarquía y el imperialismo tienen razones estratégicas y tácticas.

Digamos las estratégicas. Brasil mueve la aguja en América Latina, su peso influye en toda la región, es el único país que por su peso juega en la cancha global y además aumenta el peso de todo el continente en el mundo. Es un botín preciado para EEUU y las trasnacionales, por su PRESAL, una inmensa reserva de petróleo, por la Amazonia, por su industria. Y además es un referente político ineludible, con el PT, el PC do B y el PDT, con los movimientos sociales, con su plan FOME ZERO, con sus proyectos de salud y vivienda para todos, con sus universidades, con Lula y con Dilma. Había que golpear todo eso.

Entre las tácticas, Temer, el usurpador, ya cumplió su función, ya hizo el trabajo sucio, ahora no sirve más, por eso iniciaron la operación recambio, O Globo que lo ensalzaba como el salvador de la patria ahora lo cuestiona, la Justicia lo cerca. Temer va a caer pero su sustitución no puede ser por la vía democrática de la expresión popular, hay que apelar a que el mismo Senado golpista y corrupto siga decidiendo quien es el Presidente.

Había que sacar de foco el derrumbe de Temer y el retroceso brutal de la contrarreforma laboral y había que mandar una señal muy fuerte para minar la resistencia popular a esta. No hay nada más fuerte que golpear a Lula.

Todo eso ocurrió en 48 horas. Pero no se las puede ver aisladas, son parte de un proceso, de una operación en marcha, que es continental y que tiene expresión concreta en Brasil.

Es el golpe, es la destrucción de la democracia, concebida como un proceso de construcción de libertad e igualdad. El golpe no como un momento o como una acción, como una operación continuada de degradación democrática, de recorte de libertad y de igualdad.

EL POPULAR nunca dudó, en su número 361, del 2 de setiembre de 2016, tituló: “Golpe Oligarca”.

En un editorial anterior, cuando el Senado votó el inicio del juicio político a Dilma dijo: “Detrás del proceso de golpe de Estado en Brasil está la poderosa Federación de Industriales de San Pablo, la patronal más poderosa de América Latina, el oligopolio mediático y los sectores más duros de la derecha brasileña; también es cierto que han ganado para su causa a sectores importantes de las capas medias urbanas que, sin perspectiva democrática de ningún tipo, solo reclaman por consumir más, por más seguridad y embanderadas contra la corrupción, están dispuestas a entregar el gobierno a los sectores más corruptos. En la bacanal reaccionaria de la votación del domingo en la Cámara de Diputados, donde todas fueron invocaciones a «la nación evangélica»,  a la lucha «contra el comunismo, la CUT y los vagabundos», el diputado más sincero, fue Jair Balsonaro, quien al fundamentar su voto, en medio de vítores de la impresentable claque que se adueñó de la sala sesiones vomitó: «Contra el comunismo, por nuestra libertad, en contra del Foro de Sao Paulo, en memoria del Coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra ,el temor de Dilma Rousseff ,el ejército de Caxias, las Fuerzas Armadas, por Brasil y a Dios por encima de todo, mi voto es sí». Esa es la esencia social e ideológica que está detrás del Golpe expresada de forma transparente y brutal. Vienen por todo y reivindican el golpe de Estado de 1964, que nostálgicamente reconocen que hoy no pueden volver a dar de la misma manera, pero por las dudas, reivindican la tortura y el terrorismo de Estado. Las formas cambiaron los objetivos son los mismos”.

Eso es lo que se expresó en estas 24 horas. Hay errores de los procesos populares. Errores de gestión de gobierno, de construcción política. Pero lo que degrada la democracia es la contraofensiva del imperialismo y la acción desestabilizadora del bloque de poder oligárquico. En todos lados. También en Uruguay.

Por eso, sin dudas: solidaridad con Lula y con la lucha del pueblo brasileño, por ellos y por nosotros.

Y mucha unidad, política y social del pueblo, y mucha lucha, para defender en Uruguay la perspectiva popular.