La mujer en el Partido Comunista

  • Publicado en Salto

Referirse a la participación de la mujer en el Partido Comunista del Uruguay es referirse ineludiblemente a Julia Arévalo y por ella, por su legado, es marcar una cita impostergable con la militancia.

“A los 10 años proletaria” es un libro de Eduardo Gravina que da cuenta de la vida de Julia como trabajadora desde la niñez. Sin lugar a dudas, su relación con el mundo laboral desde tan temprana edad y sus vivencias la llevaron a conocer sobre las condiciones de los trabajadores y sus penurias. De ahí en más, porque con once años ya había participado de una huelga, abrazó la causa de la justicia social y supo abrirse camino, llevando la voz de la mujer a los lugares más encumbrados. Con orgullo decimos que Julia Arévalo fue una de las dos primeras mujeres diputadas del Uruguay - encabezando la lista del Partido Comunista - y fue la primera Diputada comunista de América. Posteriormente, en las elecciones de 1946, el Partido la llevó como primera candidata al Senado, convirtiéndose – y convirtiéndola – en la primera Senadora Comunista de América Latina. Méritos de Julia, sí, sin lugar a dudas por su sensibilidad y su capacidad; méritos también de un Partido que valora a los seres humanos sin distinción.

Julia era marxista leninista, militante del Partido Comunista y militante del movimiento femenino. Como mujeres, y desde nuestra concepción, no debemos temer decir que el patriarcado es anterior y en la sociedad capitalista la desigualdad de género está determinada, en último término, por el modo de producción en la división social en clases. Este sistema perpetúa la opresión de las mujeres que se traduce en la desigualdad económica, política y la doble moral burguesa.

Julia Arévalo, durante su pasaje por la Cámara de Representantes, defendió la jornada laboral de las mujeres, la creación de la Caja de Seguro de Maternidad y la Clínica de la mujer trabajadora y presentó un proyecto de ley para conceder la jubilación a la mujer con veinticinco años de trabajo. En 1946, en Uruguay se aprueba la “Ley de Derechos Civiles de la Mujer” lo que significó un vuelco para nuestra sociedad.

Desde entonces, en nuestro país y en muchos lugares del mundo, ha habido un creciente avance en derechos hacia las mujeres en materia de legislación. Ahora, si bien las condiciones han evolucionado y plasmado en papel, éstas tienen que resultar, necesariamente, en el ámbito donde una vive y trabaja. El pleno ejercicio de derechos se da cuando la pareja se hace cargo de su 50% de responsabilidad en el hogar y los compañeros varones de trabajo y militancia respeten la voz y la acción de la mujer. Basta ver que los salarios más bajos son para las mujeres y que las tareas del hogar siguen recayendo en muchos casos en la mujer y resultan, además, incompatibles con una vida profesional plena.

Mientras tanto en España – país al que Julia defendió muy activamente contra el Franquismo – hoy resurgen propuestas de derogación de la Ley de violencia de género entre otras medidas que recortarían derechos conquistados por las mujeres en el tiempo, en medio de una campaña electoral feroz.

Basta una mirada en este brevísimo período de tiempo para ver que se ha desatado un proceso de discriminación deshumanizado y deshumanizante. De concretarse todas las promesas de quienes están ganando campo desde su discurso intolerante, retrocederíamos cien años en los derechos alcanzados colectivamente con tanta lucha y perseverancia.

Por todo esto, al inicio me refería al legado de Julia, como mujer sensible hacia las necesidades de los más desprotegidos, en temas que fueron causa de sus preocupaciones y propuestas. Julia nos interpela desde su lugar y su tiempo y nos marca una cita impostergable con la militancia para recoger su bandera y seguir haciendo camino en este mundo del gran capital, plagado de injusticias.

Porque otro mundo es posible, mujer, compañera, sumate a la lucha, hay un lugar en la fila.